Puente termal en el Requejo
Equipamiento
Río Duero, Zamora
2025
El proyecto nace de una reflexión profunda sobre la relación entre el paisaje geológico y la presencia humana, entendiendo la arquitectura no como un objeto impuesto, sino como una continuidad del territorio. A partir de esta premisa, se plantea un puente-termal monolítico de hormigón que no se posa sobre la montaña, sino que emerge de ella como si siempre hubiera formado parte de su estructura interna. La intervención se inspira en los procesos naturales que dan lugar a los manantiales, donde el agua aflora a través de fracturas y fisuras en la roca, revelando la energía latente del subsuelo.
En este sentido, la propuesta se concibe como una “cantera viva”, una operación que no solo construye, sino que también excava, sustrae y revela. El edificio no se entiende como una pieza añadida, sino como el resultado de un vaciado controlado del terreno, donde los espacios habitables surgen de la sustracción de materia. Este gesto genera una serie de bloques fragmentados y cavidades que remiten a formaciones geológicas, estableciendo una continuidad visual y material con el entorno. La arquitectura, por tanto, adopta un carácter casi arqueológico, como si hubiera sido descubierta más que construida.
El uso del hormigón refuerza esta idea de masa, permanencia y pertenencia al lugar. Se trabaja como un material pétreo, capaz de asumir la textura, el peso y la inercia de la roca, pero también de ser moldeado para generar espacios interiores de gran carga sensorial. La luz penetra de forma controlada a través de grietas, lucernarios y aperturas estratégicas, evocando la experiencia de encontrarse en una cueva o en una fisura natural. El agua, elemento central del proyecto, recorre estos espacios de manera orgánica, generando una atmósfera termal donde lo sensorial y lo tectónico se entrelazan.
La implantación del volumen responde cuidadosamente a la topografía existente. El edificio se hunde en la pendiente hasta situarse al ras del río, minimizando su impacto visual y preservando las vistas hacia el puente original, que se mantiene como un elemento protagonista del paisaje. Esta decisión no solo responde a criterios paisajísticos, sino también a una voluntad de diálogo con el agua, permitiendo que el edificio establezca una relación directa con el cauce y sus variaciones.
En el interior, la secuencia espacial está pensada como un recorrido gradual desde lo abierto hacia lo íntimo. Los espacios termales se organizan en torno al agua, alternando zonas de mayor amplitud con otras más recogidas, generando una experiencia que apela tanto al cuerpo como a la percepción. La temperatura, la humedad, la luz y la acústica se convierten en herramientas de proyecto, configurando una arquitectura que no solo se habita, sino que se siente.
En definitiva, el proyecto propone una arquitectura arraigada, que entiende el lugar como materia prima y como guía. Más que construir sobre el paisaje, busca revelarlo, intensificarlo y hacerlo habitable, estableciendo un equilibrio entre lo natural y lo humano donde ambos se potencian mutuamente.